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Jesús tiene el poder

(Domingo 16-08-2020)
Pastor Javier Bertucci

Jesús es el Alfa y Omega, el principio y el fin (Apocalipsis 1:8), Él es quien lo llena todo en todo (Efesios 1:23), no hay otro nombre debajo del cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos (Hechos 4:12), todo plan de salvación es llevado en Su Nombre y por su Sangre en el Nuevo Pacto. Cada oración realizada al Padre, debe ser en el nombre de Jesús, y definitivamente el Espíritu Santo está aquí para recordarnos sus palabras, todos los días, hasta el fin del mundo.

Una cosa es saber de Jesús, y otra muy distinta es conocerle.

Filipenses 3:10: “A fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte.”

El asunto de conocer, es una relación más íntima con una persona. De Jesús, una muy buena parte sabe de Él, otros han oído, pero pocos realmente lo conocen. Pablo en su epístola le escribe a la Iglesia en Filipo, y les dice que su meta principal es conocer a Jesús. El resultado de conocer a Jesús es conocer su poder.

En algún área de nuestras vidas necesitamos conocer la manifestación del poder de Jesús, sea en el cuerpo con una sanidad, en las finanzas con una provisión, o familiarmente con un entendimiento; porque es Jesús quien tiene el poder para intervenir y hacer una diferencia en esa situación que podamos estar atravesando. Él tiene el poder de todo en la tierra, pues, fue a quien se le otorgó el poder en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra, debido a que le quitó a Satanás las llaves del infierno y el aguijón a la muerte (1 Corintios 15:55-57). Es Jesús quien tiene el poder de reconciliar al hombre con Dios, y de que todo aquel que crea en Él y le reciba, se convierta en su hermano y en hijo de Dios, ese poder está en Jesús, y cuando alguien comienza a conocerlo, reconoce que no hay límites en Él.

Jesús no es una religión ni un estilo de pensamiento, es una vida superior que está suscrita a una relación espontánea con Él, y que no tiene nada que ver con religión o ceremonias.

Cuando conocemos a Jesús, empezamos a conocer que él tiene el poder para hacernos santos y sanos en esta tierra, no hay nadie más que pueda hacerlo.

1 Pedro 2:24: “Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados.”

Jesús mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero. Una cosa es que vivamos para Jesús y renunciemos a algunas prácticas autodestructivas por causa de nuestra revelación y relación con Jesús, y otra cosa es llegar a pensar que somos santos por esa renuncia, estamos confundidos, si pudiéramos ser santos solo por renunciar a algo, para qué entonces necesitamos a Jesús, solo necesitamos una disciplina o decisión de coraje en nuestra vida; no somos santos por lo que hagamos o dejemos de hacer, lo que nos hace santos es que el llevó nuestros pecados en su cuerpo en la Cruz, y nos lavó con su sangre preciosa, eso nos hace santos, por eso necesitamos a Jesús, porque no hay nadie que pueda hacernos santos, sino la sangre de Cristo que nos limpia de todo pecado.

El único que tiene el poder para hacernos sanos, es Jesús, porque por su herida, nosotros fuimos curados. La sanidad de Jesús para nuestras vidas proviene de su sacrificio en la Cruz, no de lo que podamos hacer en la tierra, somos insuficientes para hacernos santos y sanos, solo Jesús puede hacerlo. La sanidad no es producto de un pacto que hacemos con un predicador, es Jesús quien tiene el poder para sanar, y todo aquel que crea en Él, podrá ser sano.

Solo Jesús tiene el poder de justificarnos ante el Padre, porque solo el pago la cuenta. La justificación delante del Padre no depende de nuestros argumentos ni de nuestras habilidades, depende de que Jesús pagó la cuenta, el único bien de valor aceptado por el cielo, es la propia sangre de Jesús, nadie puede igualar eso. La Biblia aclara que fuimos rescatados no por oro ni por plata, sino con la sangre preciosa de Jesús (1 Pedro 1:18-19).

Colosenses 2:13-14: “Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz.”

La vida que Jesús nos dio a nosotros, no es de segunda ni de tercera, es la misma vida abundante y eterna que Él posee, y nos la da a nosotros por el mismo valor y en la misma línea de pureza. La justificación viene a nosotros gracias a que Jesús pagó la deuda delante del Padre, razón por la cual, nosotros que hemos creído, y que mantenemos una fe constante en Jesús y en su poder para hacernos sanos, santos y justos, entramos al cielo, no por nuestras obras, sino por su Sangre.

Jesús tiene el poder para mostrarnos el amor del Padre, nadie más puede hacerlo.

Juan 3:16: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.”

Nadie conoce el amor del Padre si no conoce el amor del Hijo, somos salvos por medio de Jesús. Creemos en el Padre y en El Espíritu Santo, pero todo lo que nosotros somos, incluyendo nuestra salvación, es solo por Jesús. Solo Jesús tiene el poder de hacernos una persona sana, santa y justa, pero también necesitamos entender que el amor del Padre, solo puede llegar a nosotros por medio de Jesús, y una vez que asumimos que Jesús tiene el poder de manifestarnos el amor del Padre, el Espíritu Santo lo derrama en nuestro corazón, la Biblia dice que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones, con el Espíritu Santo (Romanos 5:5), pero el Espíritu de Dios lo derramó en nosotros por medio de Jesús.

La raíz de la vid es Jesucristo, Él mismo dijo: “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador” (Juan 15:1). No hay manera de que podamos acceder al Cielo y al Espíritu Santo, sino es por medio de Jesús; necesitamos ser lavados por la Sangre de Cristo, para que el Espíritu pueda hacernos su templo y morada.

Somos responsables de nuestras decisiones, no somos lo que somos porque tuvimos un padre o no, dice la Biblia “de modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es, las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17), Jesús tiene el poder de darnos un futuro, porque Él hace que todo lo viejo sea borrado y que podamos escribir una nueva historia.

No sigamos buscando amor donde vamos a conseguir dolor; hay hombres que quieren llenar el vacío de amor con mujeres y experiencias o viceversa, y al final tendrán dolor y no amor. El amor más puro, es el amor de Dios, que viene manifestado por medio de Jesús en su Espíritu Santo, y cuando se recibe ese amor, todo lo demás es añadidura, es decir, una complementación. Acudamos al amor de Dios que lo llena todo, y como complemento podemos casarnos, tener hijos, pero el centro del amor en nuestras vidas cuando es Dios, jamás seremos decepcionados. ¡Decidamos ser felices siendo llenos del amor de Jesús y evitaremos dolores y frustraciones!

Jesús tiene el poder para liberarnos del yugo opresor del mal.

Lucas 11:21: “Cuando el hombre fuerte armado guarda su palacio, en paz está lo que posee. Pero cuando viene otro más fuerte que él y le vence, le quita todas sus armas en que confiaba, y reparte el botín. El que no es conmigo, contra mí es; y el que conmigo no recoge, desparrama.”

Jesús es el único que tiene el poder para librarnos del yugo opresor del mal, se llame demonios o cualquier circunstancia. Necesitamos el poder del Señor para romper con toda maldición generacional, y eso debemos creerlo, porque dice la Palabra: “Cree tú, y serás salvo, tú y tu casa” (Hechos 16:31).

Jesús tiene el poder de proveernos basado en su principio.

Juan 10:15: “Así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas.”

Jesús entendió que la base de recibir, es dar. Para que el Señor Jesús active el poder de provisión sobre nosotros, debemos activar el poder de la generosidad. Jesús no va a obligarnos a dar, el dio su vida, su trono y Reino para venir a la Tierra, morir en la Cruz, y darnos a nosotros la oportunidad de ser salvos, justos y santos, pero muchas veces queremos recibir sin dar, o dar algo puntual sin tener una vida que dar. Jesús no solamente dijo que nos amaba, murió por nosotros en la Cruz; mostrándonos su amor dejó su trono, porque nos amó. Cuando tengamos una vida de dar, tendremos una vida de recibir.

Jesús tiene el poder para cambiarnos, no perdamos el tiempo tratando de cambiar a alguien, ni siquiera a nosotros mismos, ese poder solo lo tiene Jesús.

Si tenemos tiempo asistiendo a la iglesia, pero no se generan cambios en nosotros, estamos teniendo relación con las normas y los líderes, más no con Jesús. Si nos relacionamos con Jesús, vamos a cambiar.

Jesús es el único fundamento de toda organización sólida y estable. Cuando una persona es emocionalmente movible y cambiante, no necesita un psiquiatra, sino una relación estable con Jesús. Muchas veces seremos probados para mostrar que seguimos en Cristo estables, y que nuestra roca y fundamento es Él, que no importa lo que suceda, seguimos firmes en Él, lo que nos hará tener un futuro tan estable, así como nuestro presente.

Mateo 21:42: “Jesús les dijo: ¿Nunca leísteis en las Escrituras: La piedra que desecharon los edificadores, ha venido a ser cabeza del ángulo. El Señor ha hecho esto, y es cosa maravillosa a nuestros ojos?”

La estabilidad de la Iglesia depende de la presencia de Jesús, y Él mismo trae estabilidad a quien le recibe.

Colosenses 1: 15-20: “Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten; y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia; por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz.”